A Ambrose Bierce lo mató Carlos Fuentes en Gringo
viejo y Gregory Peck le puso rostro en la versión
cinematográfica de Luis Puenzo, sin embargo difícilmente
podemos hacernos una idea del auténtico
Bierce a través de estas obras, que novelan,
eso sí, el pasaje final de su vida.
Bierce nació y se crió en la América profunda.
Un padre estudioso de la Biblia, una madre temperamental y dominante
y trece hermanos —todos de arraigada fe calvinista— le inculcaron un peculiar
sentido de la familia y del amor filial. Él mismo definía así “parricidio”
en su libro más conocido, El diccionario del diablo: “Golpe de gracia filial
por el que uno se ve liberado de los irritantes tormentos de la paternidad”.
En El club de los parricidas, obra maestra del humor negro, Bierce condensa
toda su capacidad para el sarcasmo y la mordacidad. Los cinco relatos
que lo integran nos ofrecen un variado repertorio
de procedimientos para acabar con nuestros
progenitores, seguramente los mismos que a su
autor le hubiera gustado emplear con los suyos.
Además de brindarnos una serie de ideas que
podrían sacarnos de un apuro o ayudarnos a
hacer realidad nuestros más oscuros deseos,
el tono desenfadado y, por momentos, insidiosamente
cándido de los relatos nos provocará
más de una sonrisa.
Volviendo al principio, o más bien al final: cuando Bierce se fue a México
era muy consciente de que emprendía su última aventura. Tenía más
de setenta años y apenas podía caminar. “Si oyes que he sido fusilado
junto a un muro de piedra mexicano”, le escribió a un familiar
antes de partir, “por favor, entiende que esa es una buena
manera de morir. Supera a la ancianidad, a la enfermedad
o a una caída por las escaleras de
la bodega. Ser gringo en México, ¡eso
es eutanasia!”. Todo indica que Bierce
consiguió su objetivo. |